Acólito de Dios

Todo comenzó en el 2005, llevaba muchos años viendo cada Viernes Santo procesionar a la Virgen de la Soledad y ese año quería formar parte de esa comitiva. Solo quedaban dos meses para Semana Santa cuando se lo pedí a mis padres. Me daba igual ser nazareno de luz o ir a uno de los lados de algún estandarte, tan solo quería acompañar a la Señora por las calles de Alcalá. Pedido y cumplido, esa misma semana santa ahí estaba con solo 10 años vestido con el hábito negro y el antifaz blanco a punto de salir de nuestra sede canónica.

¿De dónde surgió ese deseo? Tal vez me lo había inculcado mi abuela, a lo mejor había florecido ese sentimiento mariano gracias al coadjutor de la parroquia o, simplemente el verte cada vez que abría la puerta de mi parroquia y ahí estabas, en tu peana, radiante. Sea como fuera, desde aquel primer año, no he podido faltar a ninguna de nuestras citas.

Pasados unos años, entré a formar parte del cuerpo de acólitos. Desde esa posición, se pueden vivir momentos que te reconfortan y te dan mucha fuerza pero a la vez implica mucha responsabilidad. Es muy gratificante el poder preparar los cultos, dignificar a nuestros titulares, sosteniendo tu mano o tu pie mientras los fieles te ofrece todos tus problemas o te agradecen todo lo que hiciste con un gesto tan sincero como un beso o simplemente, cada Viernes Santo, poder avisar a la gente con el aroma del incienso o con la luz de los cirios tu llegada.

Para los acólitos, la Cuaresma se vive muy intensamente durante la Semana del Quinario. Es el momento de prepararnos para nuestra estación de penitencia y qué mejor forma de hacerlo que desde el altar, colaborando en el sacramento más importante para un cristiano, la Eucaristía. Es la fuerza que muchas veces necesitamos, o el consuelo en los momentos de más necesidad pero para eso está el Señor en la Eucaristía, reflejo de lo que mostraremos por las calles una semana después.

Sin darnos cuenta y tras el rezo de 5 salves (uno por cada día de Quinario) nos plantamos en el Jueves Santo, los tronos están casi acabados. Uno de ellos nos lleva al monte Gólgota, con esos claveles rojos, para recordarnos el gesto de amor que ninguna otra persona va hacer por mí. El otro, blanco, reflejo de la pureza que se contrapone con ese manto negro de luto, el lloro de una madre por la muerte de su hijo, pero a la vez la esperanza de otros muchos, pues con ese manto nos protege, nos consuela como Madre nuestra que es.

Llega el ansiado viernes Santo, se enciende la cera, nuestras plegarias y agradecimientos ya están con Vosotros. Por mucho que pasen los años, se hacen presente los nervios, muchos nervios y desde ese manto en el que está bordado la frase “Regina sinelabe concepta” un servidor, participando en los oficios e iniciando su estación de penitencia. Ya habrá tiempo para revestirse, ponerse la dalmática y coger el cirial pero ahora toca rememorar la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y que mejor sitio que ese, en vuestras capillas, mientras se retocan los últimos detalles.

Las 19:10 de la tarde, el cuerpo de acólitos se forma delante de cada paso. Solo nos queda una única cosa, encontrar el sentido a una nueva estación de penitencia. Ofrecemos el rosario, otro año más, por todas nuestras intenciones y desde ese puesto privilegiado, solo pido poder seguir viendo hacia el frente como José de Arimatea y Nicodemo te desciende y, por el rabillo del ojo ver tu rostro iluminado por la cera y sentir cómo desde esa soledad de Viernes Santo me cuidas y me proteges. Una cosa tengo clara, no ilumino tu camino el Viernes Santo con el cirial que porto sino que iluminas tú cada uno de mis días.

Que sepamos encontrar cada uno de nosotros, ya sea como acólito, costalero, mantilla, nazareno… o donde nos pida nuestra Hermandad, el sentido a esa Estación de Penitencia pues solo así, un acto que dura estrictamente 5-6 horas podrá ayudarnos los 365 días que tiene el año.

Luis Miñarro

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